sábado, 14 de julio de 2012

La tía Angela

Matea Angela Miranda, o como ella se hacía llamar, Angela Matea Miranda, era hermana de mi abuela, y nació en Paraná el 21 de septiembre de 1880, ella decía que era porque ella había traído la primavera ese año, hija de Don José Miranda y de Doña Justa Méndez.
Angela era una persona muy especial, que desentonaba un poco con la rigidez de sus hermanas. Fue la última en fallecer, por lo cual es la tía abuela con la que más tratamos, dado que vivian en la misma casa que nosotros.
La tía Angela fue para mi lo más parecido a una abuela, ya que mi abuela falleció pocos meses antes de que yo naciera. Cuando nosotros la conocimos, ya tenía varios años, y su diabetes le había dejado practicamente ciega, ya que tenía un ojo de vidrio y con el otro, según decía ella, apenas veía sombras. Además, con los años, había quedado un poco sorda, pero eso no le evitaba reconocerme cuando yo me acercaba a ella, siempre sentada en un sillón en el medio de la habitación, donde me esperaba para que me sentara en su falda para contarme cuentos que inventaba. Con el tiempo se sumó mi hermana Claudia, que de vez en cuando compartía conmigo los cuentos de la tía Angela.
A veces me pedía que la acompañara, y yo que era muy pequeño (no tenía más de 8 años), la acompañaba como lazarillo a ir hasta la farmacia o a visitar a los japoneses de la tintorería de la otra esquina.
Dicen que cuando era jóven le gustaba leer muchos, tal vez por eso sabía inventar cuentos, y era muy amigable, a tal punto que era amiga y ayudaba a los vecinos inmigrantes que se instalaban en el barrio. De ese modo se había hecho amiga de los japoneses de la tintorería, y de Don Abraham, el almacenero de la esquina, a quién parece había prestado dinero a su llegada para que pudiera poner el almacén.
Según cuenta se había hecho amiga de la esposa del tintorero, también japonesa, y esta le prestaba libros para que la tía Angela leyera, y al parecer la tía los traía a la casa, pero como estaban escritos en japonés, no entendía nada, de modo que los dejaba un tiempo sobre la mesa luz, y después de un tiempo los devolvía a su dueña diciéndole que era un libro muy interesante.
También cuentan que una vez, en ocasión de la procesión por el río de la Virgen del Rosario, ella iba con sus hermanas pero vio que estaban retrasadas y que no iban a llegar a tiempo. Al parecer iban por la parte alta del Parque Urquiza, dicen que ella miró para abajo de la barranca y vió que había unos jóvenes que estaban allí conversando o jugando, entonces le dijo a sus hermanas que se iba a tirar de la barranca y que iba a gritar así los jovenes que estaban abajo la iban a abarajar y ella podría llegar al barco. Sus hermanas, por supuesto, no creyeron que lo fuera a hacer, pero lo hizo, y tal cual como ella supuso, los jóvenes la auxiliaron, y ella desde abajo saludó a sus hermanas, mientras se dirigía al barco de la procesión. Por supuesto que sus hermanas no llegaron a tiempo y no pudieron participar de la mismas, mientras que ella disfrutó del paseo por el río.
Cuentan que en otra ocasión, estaba en un comercio junto a su hermana Bernarda, la cual parece ser que era muy formal, y se le escapó un pedo. Por supuesto que la tía Angela ni se inmutó, en cambio su hermana Bernarda se puso roja de la vergüenza, y entonces parece ser que el comerciante le dijo: "No se preocupe señorita Bernarda, a cualquier le puede pasar", creyendo que había sido ella la del incidente. Angela, por supuesto, nada dijo y solo se limitó a reirse, dejando que su hermana cargara con la culpa.
También recuerdo que algunas veces recriminaba a sus hermanas porque no la habian dejado casarse, aparentemente porque el candidato no pertenecía a una familia "bien" o adinerada.  Al parecer, la madre (mi bisabuela) era muy rígida al respecto, y tal vez sea la causa de que casi todas las hijas quedaran solteras, salvo mi abuela, que se casó despúes que falleció su madre, y cuando ya tenia 28 años.
La tía Angela falleció pocos dias antes de cumplir los 89 años, en la tarde del 5 de septiembre de 1969, yo tenía apenas 8 años, pero recuerdo que le di un beso de despedida, a esa vieja flaca, alta, de cabello canoso, casi blanco, que inventaba cuentos de animales y personas para entretenernos a mi y a mi hermana.

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